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Emociones Niños Pozuelo

Emociones Niños Pozuelo

María es una niña muy rica, un cielo, peor ha sido cumplir los dos años y de repente ha aparecido una extraña capacidad de convertirse en el demonio de Tasmania. Sobre todo pasa cuando quiere algo y no puede tenerlo o cuando le obligan a hacer algo que no quiere. María ha entrado en la época de las rabietas y sus padres andan algo desesperados…

El ser humano es un ser emocional. Todo lo que hacemos y pensamos se encuentra matizado por la emoción, por nuestros sentimientos. Aunque desde bebé el niño es capaz de captar y expresar emociones mediante gestos y comportamientos (como el llanto o el pataleo), desde los dos años su mundo emocional avanza muy rápidamente.

Nuestro hijo ahora está empezando a comprender algo muy importante: que los otros (niños y adultos) tienen sentimientos diferentes a los suyos y, sobre todo, que su comportamiento puede provocarles emociones diferentes.

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Esa es una de las razones por las que el pequeño de tres años se acerca cuando ve que nos enfadamos y le decimos que nos ha hecho daño, o nos consuela cuando expresamos dolor porque, jugando, nos ha dado un tortazo.

Pero, a la vez que muestra esta capacidad de empatía, de ponerse en el lugar del otro y darse cuenta de lo que está sintiendo, muestra comportamientos en los que deliberadamente busca enfadarnos o enfadar a otros. Igual que saltar o tirar objetos, esta es una forma de explorar para conocer y comprenderse a sí mismo y a los demás, observando dónde están los límites de su conducta.

Conocerse a sí mismo como una persona única, con sentimientos, emociones y pensamientos propios únicos no es una empresa sencilla y, curiosamente, necesita que haya otros enfrente con los que practicar y experimentar ese mundo emocional, casi siempre y en lo que se refiere a los padres, mediante el enfrentamiento y la búsqueda de límites.

Hay que recordar que además, a estas edades, nuestro hijo todavía no es capaz de controlar lo que siente y piensa. Su cerebro todavía no está preparado para controlar sus emociones, sus limitaciones intelectuales para comprender motivos y razones y su falta de experiencia social, hacen que se encuentre en medio de un torbellino de sentimientos y emociones.

Este revuelto mundo emocional tiene su expresión más clara en los cambios de humor del pequeño. El “problema” es que este cambio aparece en el momento más insospechado (generalmente el más inoportuno para nosotros, como en el supermercado, cuando tenemos prisa o en la casa de un amigo) y por causas que, en muchas ocasiones, no somos capaces de entender o de prever. Él tampoco, sólo se deja llevar por lo que desea y quiere, lo quiere ahora y no es capaz de entender por qué razón no va a poder tener lo que desea y, lo que es más importante, todavía no puede dominar lo que siente.

Para vivir en sociedad y para el propio bienestar emocional, es muy importante aprender a regular las emociones, a mantenerlas bajo control, en el sentido de situarlas en un punto que no nos dañen ni dañen a los demás. Aprender a controlarse, a dominar una frustración, es también cuestión de tiempo, de aprendizaje, de maduración… de crecer.

Las rabietas son el estallido emocional típico de los niños de dos a tres años. Es importante que las veamos como un deseo de afirmación del pequeño, como un paso evolutivo normal y que expresan su afirmación de ser él mismo. La aparición de las rabietas nos muestra que el pequeño comienza su andadura como ser independiente por el mundo.

Una de las razones de que el pequeño muestre un comportamiento de “quererlo ahora” está relacionada con una característica del pensamiento del niño de estas edades: el llamado egocentrismo infantil. Hablamos de egocentrismo infantil para referirnos a que el pequeño piensa que los demás ven el mundo como ellos. Su voluntad es la que marca lo que hay que hacer o lo que puede pedir y lo quiere todo y ya. Por eso, los niños de tres años pueden enfadarse porque desean ver una y otra vez un programa o un anuncio de TV y no comprende que escapa a su voluntad, y a la nuestra, que dicho programa se emita siempre que él quiera. A esto hay que añadir que el niño pequeño todavía no es capaz de manejar sus emociones, no ha aprendido a tolerar la frustración, a “aguantarse” o a buscar alternativas cuando algo no le agrada.

El egocentrismo también se manifiesta en que para comprender la realidad, el niño se fija en el aspecto de las cosas, en lo que parecen, no en lo que son. Eso hace que, por ejemplo, cuando hemos comprado un juguete para su hermano y otro de mucho más valor, más sofisticado pero más pequeño para él, llore desconsoladamente porque el otro “es mejor” y es el que quiere. Esta forma de funcionar intelectualmente explica que coja un buen berrinche porque su vaso de refresco (más ancho) tiene menos que el de su hermano (que es mucho más estrecho), argumentándonos que el refresco de su hermano “sube” hasta más arriba que el suyo.

Cuando esta característica del pensamiento infantil se une a otra típica de estas edades, el deseo de autoafirmación, el querer ser él mismo, vuelve a estar justificada la aparición de las rabietas en estas edades. Pero si indagamos más en lo que significan las rabietas, encontramos algo muy importante para el futuro desarrollo psicológico del niño: también son una muestra de la búsqueda de límites.

Los límites son esenciales en la vida diaria. Todos nos conducimos ateniéndonos a unas exigencias (bien propias o bien de la sociedad en la que vivimos) y los niños necesitan aprenderlas. La falta de límites en los comportamientos y en las emociones, dan como consecuencias comportamientos desadaptados de graves consecuencias psicológicas y sociales.

Debemos enseñar a nuestros hijos hasta dónde puede llegar y hasta dónde no, que estamos dispuestos a tolerar únicamente ciertas exigencias. Por ejemplo, estamos dispuestos a montar a nuestro hijo dos veces en los caballitos, como mucho tres, pero no más. Podemos dejarle que tome un vaso de su refresco favorito, pero en ningún caso dos. Los límites tienen un por qué y nosotros debemos marcarlo. Si toma dos zumos antes de la comida no tendrá hambre; si se monta tres veces en los caballitos llegaremos tarde.

Es muy posible que, por muy razonables que seamos, por el momento, pierda el control si le negamos sus deseos. No importa, hemos de ir acostumbrándoles a admitir y tolerar límites de forma razonada. Para los padres esto también supone una carga emocional. Debemos aprender a combinar la firmeza con la tranquilidad y la seguridad de hacer lo que hemos decido hacer. Si después de una rabieta cedemos, el niño se desorientará, pensará que los límites son arbitrarios y, sobre todo, aprenderá a que con un buen escándalo, consigue aquello que quiere, aunque no sea razonable. Unos sentimientos descontrolados que llevan a una conducta descontrolada, no serán buenos compañeros de nuestro hijo. Por eso, debemos ayudarles en su proceso de desarrollo emocional.

Si tu hijo está pasando la época de las rabietas y a ti te supera o bien crees que las que presentan son excesivas o ya ha pasado los cuatro años y sigue presentándolas, no dudes en ponerte en contacto con nosotros lo antes posible, te atenderá directamente un terapeuta infantil especializado en estos casos que puede darte algunas orientaciones valiosas de manera totalmente gratuita. Llamar no te compromete a nada, pero puede ayudaros mucho tanto a ti como a tus hijos.

Además si eres papá o mamá te interesará suscribirte a nuestro blog inmediatamente, de esta manera recibirás todas nuestras nuevas publicaciones directamente en tu correo sin coste alguno. Puedes sugerirnos temas que te interesen para que escribamos sobre ellos.

Por último, vamos a atrevernos a pedirte que compartas esta información en tus redes sociales, hay muchos padres desesperados con las rabietas y tú puedes contribuir a ayudarles. ¡Muchas Gracias de nuestra parte y de la suya!

Paloma Díez, directora de Psicología Europa, tu psicólogo infantil en pozuelo, Centro especializado.

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